Carlos Quiñones López
Contralmirante
Arquitecto Naval
Recuerdo haberlo contemplado en su solitario y majestuoso vuelo, en latitud 40 grados Sur, en alta mar y a mil millas de distancia de Valdivia, en plena zona de los “Roaring Forties” ( los “Cuarenta Bramadores”) – como decían los viejos marineros – afrontando un viento fuerza cinco y planeando, siguiendo tangencialmente con un extremo de sus alas de cambiante contorno de las olas.
Corría el año 1983 y estaba embarcado en el buque oceanográfico alemán SONNE en busca de recursos minerales submarinos. Los científicos que conformaban el grupo de investigadores, extasiados con su vuelo, detenían su labor para observarlo, preguntándose cómo y por qué ese enorme pájaro marino permanecía en alta mar, tan lejos de la tierra más cercana. Observábamos al albatros errante (diomedea exulans), la más famosa de las 10 especies existentes y la más grande de todas las aves voladoras. Su cuerpo mide aproximadamente 1,30 metros de largo y sus alas extendidas abarcan una extensión de 3,50 metros. En largas jornadas circundan los mares australes entre las latitudes 30° y 60° Sur.
En la época de los grandes veleros, los marinos los capturaban con una especie de anzuelo y carnada de tocino y los mantenían vivos, controlados cual volantines con una lienza desde la popa de la nave. Regía la superstición que el matar a un albatros acarrearía terribles desgracias al victimario, como poéticamente lo narraba “La balada del viejo marinero”, del célebre poeta y filósofo inglés Samuel Taylor Coleridge (1772 – 1834).
La mayor parte de la vida de los albatros transcurre en alta mar, alimentándose con calamares y jibias. Detienen anualmente su peregrinar para aterrizar en las islas subantárticas, rocosas e inaccesibles, para reproducirse en los meses de Diciembre a Febrero. La hembra coloca un solo huevo, que la pareja se encarga de incubar en tarea compartida durante un período de tres meses. Cuando el retoño rompe la cáscara, ambos se encargan de alimentarlo hasta el día en que éste decide iniciar su errante vida marinera.
A bordo del SONNE, el Contramaestre Emil Grüendinger y yo, éramos los más viejos integrantes de la dotación y entre ambos existía una natural afinidad profesional. En largas y entretenidas charlas, gustaba él narrar episodios de su vida.
Durante la II Guerra Mundial, cuando tenía 16 años de edad y estaba en plena labor de aprendizaje como marino mercante, lo embarcaron como grumete en un buque minador de la Marina de Guerra Alemana. Permaneció un año sembrando minas alrededor de las Islas Británicas y en el Canal de la Mancha, hasta el aciago día que la Real Armada Británica apresó su buque con toda la tripulación a bordo. ¡Oh, ironía del destino! Los ingleses lo enviaron a integrar la dotación de un buque barredor británico para deshacer su obra, aún inconclusa, retirando todas las minas que él mismo había sembrado.
Al término del conflicto se incorporó a la marina mercante alemana. Enamorado de una bella mujer de su patria, contrajo matrimonio. Después de disfrutar de una dulce pero corta luna de miel, volvió a sentir el imperativo e irresistible llamado del mar. Las faenas marineras, el viento, la nieve y la lluvia, el movimiento incesante de las olas y la brisa salobre eran parte
integrante de su ser…… Y en la mar habría de continuar el resto de su vida, navegando y regresando periódicamente a su tierra en busca del feliz reencuentro con su querida esposa.
Al rememorar aquel navegar del SONNE en la impactante soledad e interminable extensión del Océano Pacífico, evoco al viejo contramaestre y me imagino verlo emergiendo desde la densa bruma del tiempo y la distancia como un albatros errante, en pos de su eterno peregrinar por los mares del mundo.
Valparaíso, Mayo del 2005.