Artículo publicado en Revista de Marina
N°3-1989
Autor: CN Arturo De la Barrera Werner
Cofrade Fundador Activo
"Le trois plus belles
choses du monde sont: un cheval au galop, une femme que valse et un voilier au
vent"
Esta
expresión fue muy conocida en los puertos de Francia, Alemania y otros países de
la Europa de fines del siglo pasado y corresponde a los Cap Horniers, aquellos
bravos marinos que habían vencido la furia de los vientos que agitan las
tormentosas aguas del Cabo de Hornos. "Vientos nor-noroeste, fuerza 12, brusco
descenso del barómetro, mar muy gruesa, violentos golpes de mar en el castillo y
puente... velocidad estimada, 4 nudos..., golpe de mar destruye pescante y
arranca embarcación de popa..."
Estas líneas son un resumen del bitácora de un supertanque de 200 metros de
eslora, que navegando el Atlántico Sur se aproxima a las costas occidentales de
Chile a través del Cabo de Hornos.
La prueba no ha terminado:
"Temporal del oeste-suroeste, mar muy gruesa-arbolada, cabeceos y balances muy
intensos...
tempestad con borrasca de nieve y granizo... mar y viento del oeste, 70
millas/hora,... andar reducido a 3 nudos..." Así trata la mar del Cabo de Hornos
a un gran buque moderno propulsado por potentes máquinas. ¿Cómo sería para
aquellos veleros que hacían la ruta del paso Drake, los viejos Cap Horniers que
carecían de radar, equipos de comunicaciones, informes meteorológicos, apoyo de
satélite, etc.? Sólo ellos pueden describir aquellas interminables horas,
semanas y a veces prolongados meses intentando el cruce del Cabo de Hornos.
Los primeros buques que merecieron el nombre de Cabo Hornianos fueron los
clippers o similares que trasportaban a los buscadores de oro a partir de los
años 1849. Después aparecieron otras riquezas: el salitre de Chile y el guano de
Perú; las pieles, el trigo y las maderas de California y Oregón. Entre la vieja
Europa con sus crecientes necesidades y un Nuevo Mundo que nacía en las orillas
del Océano Pacífico, el Cabo de Hornos se convertía en uno de los ejes de la
navegación.
Esas primeras naves fueron de madera, pequeños veleros de 3 ó 4 palos y de 500
toneladas, pero en 1850 aparecieron los buques de fierro, más sólidos y de
mayores dimensiones. En el año 1870 un buque de 1.500 toneladas era una gran
nave y su fuerza motriz aumentó con la altura y cantidad de palos, longitud y
cantidad de velas, logrando una gran superficie vélica que le permitía alcanzar
andares superiores a los 14 nudos.
El primer cinco palos y velero más grande de su época fue el FRANCE, lanzado en
el año 1890. Con 104 metros de eslora y 4.300 m2 de lona en su velamen, tenía
una capacidad de 6.200 toneladas. En su viaje inaugural el FRANCE demoró 75 días
en su navegación de Dunkerque a Iquique y apenas 63 días en las bordadas de
regreso.
Entonces aparece la Flota de Hamburgo o “Línea-P" con sus cascos de acero. Estas
naves, pintadas de negro con los palos y vergas amarillas, fueron lanzadas al
mar una a una desde los astilleros alemanes. El POTOSI, de 6.100 toneladas y con
su palo mayor de 60 metros de altura sobre la cubierta principal, dobló el Cabo
de Hornos con todas sus velas al viento, demorando 73 días desde Hamburgo a
Iquique. Con este andar, los veleros alemanes conquistaron el primer lugar en la
llamada "carrera del salitre".
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| EL "POTOSI",
DE LA “LlNEA-P" DE LA FLOTA DE HAMBURGO. CONSTRUIDO PARA "LA CARRERA
DEL SALITRE" DE 6 MIL TONELADAS, 5 PALOS Y 8 CUBIERTAS |
EL "FLYING
CLOUD", FAMOSO CLlPPER QUE CUBRIA LA RUTA SAN FRANCISCO A NUEVA YORK
POR EL CABO DE HORNOS. |
Años más tarde -1902- aparecería un velero gigante, quizás el
más grande que jamás haya navegado los mares del mundo: el PREUSSEN. Tenía cinco
palos con aparejos en cruz en todos los mástiles y desplazaba 11 mil toneladas,
pudiendo cargar en sus bodegas hasta 60 mil sacos de salitre. Desarrollaba hasta
17 nudos de andar, gracias a sus 6.500 m2 de superficie vélica.
La vida a bordo era dura y la travesía del Cabo de Hornos la
hacía aún más difícil. La crueldad del frío, los múltiples accidentes por falta
de sueño y la mala alimentación se agregaban a la deprimente sensación de un
vano intento por derrotar a la naturaleza, decidida a negarles el paso y
hacerles regresar a su punto de partida. ¡Era un tramo de 1.200 millas, que van
desde los 53° de latitud sur en el Atlántico hasta los 53° de igual latitud en
el Pacífico!
Aún hoy este combate es desigual. Los actuales buques tienen
apremios operativos o fechas de arribo que obligan a los Capitanes en sus
navegaciones Atlántico-Pacífico o en demanda del Territorio Antártico, a
enfrentar las furias del Cabo de Hornos y también pagar con largas agonías cada
milla de navegación para cumplir las tareas encomendadas.
Los antiguos vencedores del Cabo de Hornos, animados de un
mismo espíritu marinero, fueron organizándose a través de los años hasta que
finalmente, en mayo de 1937, crearon la Association Amicale Internationale des
Capitaines au Long-cours Cap Horniers, con sede en Saint Malo, Francia, para
entregar un reconocimiento a los bravos Capitanes que habían cumplido esta
travesía.
Posteriormente, en 1950, la Asociación pasó a
internacionalizarse para "Promover y reforzar los lazos de camaradería que unen
a todos los hombres que hayan tenido el privilegio de navegar el Cabo de
Hornos", según rezan los objetivos indicados en los estatutos.
"Miembros activos serán aquellos capitanes que acrediten haber
navegado el área del Cabo de Hornos en un buque de cualquier nacionalidad." Y
también dicen los estatutos: "Quien haya cruzado el Cabo de Hornos al mando de
un velero recibirá el título de 'Albatros.' Los otros miembros activos serán
nominados 'Malamock' (Mollyhawk)."
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| PREUSSEN |
Cabo de Hornos, extremo sur del Chile continental, zona donde las
tempestades del Océano Pacífico cobran su mayor fuerza, dejaron en la
memoria de estos viejos marinos muchos e inolvidables recuerdos que se
encuentran muy unidos a los puertos de Punta Arenas, Valparaíso e Iquique.
Periódicamente reviven el pasado y al reunirse con sus colegas de Francia,
Inglaterra, Suecia... estas añoranzas del grupo Cap Horniers reaparecen:
Hace 15 años se congregaron en Estocolmo, hace 10 en Kiel y en el año 1984
en Saint Malo. Algunos no estuvieron presentes y vieron por última vez, en
1980, la vieja Torre de Piedra de Saint Malo.
Allá quedan los recuerdos de los grandes veleros representados en hermosas
maquetas de finas maderas y bellas pinturas al óleo. También está un robusto
albatros embalsamado con sus enormes alas extendidas en vuelo y cuya
vigorosa cabeza se destaca en la insignia que lucen los Capitanes de la
Asociación de los Cap Horniers.
Una pintura muestra una ceremonia fúnebre a bordo de un velero en alta mar:
El cuerpo envuelto en tela de saco es colocado sobre un tablón aceitado que
permite el rápido deslizamiento del amigo que se va a las profundidades del
mar que lo vio nacer. Esta pintura muestra por sí sola la triste y a veces
muy repetida imagen vivida durante la carrera del salitre: Unas breves
palabras de despedida del Capitán: "¿Qué fue de tu breve vida marinero?
Soltad la trinca...
Al eterno descanso... Guardián, cierra el portalón... ¡
Honores de pito!... un silbato... Pasó... El Contramaestre da rápidas
instrucciones y ya los tripulantes están arriba en las jarcias, cazando las
velas..."
La navegación debe continuar... El piloto ordena con voz más baja que la
usual: Rumbo al noroeste. Es lo que todos esperaban ¡50 millas más al oeste
y comenzarán a escapular el Cabo de Hornos! Hacia las costas occidentales de
Chile.
El invierno de 1905 marcó un triste episodio en las
navegaciones de los veleros por la ruta del Cabo de Hornos: 53 veleros no
lograron cruzarlo. Jamás se supo de ellos. Nunca se encontró rastro alguno de su
tripulación. ¿Fueron sepultados por las enormes olas o encallaron en los
roqueríos de las islas Wollaston o Diego Ramírez?
Nadie lo sabe exactamente. La campana del LUTINE del Lloyds de
Londres repicó 53 veces en sones de despedida final y como un homenaje póstumo a
las tripulaciones de los veleros desaparecidos. La última singladura de cada uno
de estos barcos terminó para siempre en algún día de ese largo invierno del año
1905.
De muchos veleros que sobrevivieron el cruce del Cabo de
Hornos en ese año, quizás la más dramática historia fue aquella que recopila
todas las miserias y peligros sufridos por esos grandes en su carrera hacia las
costas de Chile, pues estuvo marcada por una secuencia de mala suerte
excepcional. Tal vez no hay un solo marino que haya cruzado el Cabo de Hornos
que no haya experimentado alguna de las calamidades sufridas por el velero
inglés BRITISH ISLES, que trasportaba un cargamento de 4 mil toneladas de
carbón. Antes de iniciar la aproximación al paso Drake, un incendio en sus
bodegas fue combatido con muchas dificultades en medio de un temporal desatado.
Posteriormente derivó hacia el banco de hielos antárticos; por efectos de un
temporal del oeste cruzó y navegó inversamente el Cabo de Hornos terminando, en
este tercer intento, con sus entrepuentes y pañoles inundados, haciendo peligrar
seriamente su flotabilidad.
En un nuevo intento, después de efectuar reparaciones en las
islas Malvinas, sufrió la destrucción total de su velamen y arboladura. Después
de transcurridos cuatro meses de indescriptibles penurias terminó con tres
hombres perdidos en alta mar y con la mitad de la tripulación gravemente herida,
miembros amputados o en estado agónico. Finalmente, recaló en Valparaíso
semidestruido.
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DESPUES DE 120 DIAS DE NAVEGACION, EL "BRITISH ISLAND"
LOGRA DOBLAR EL CABO DE HORNOS RECALANDO A VALPARAISO CON LAS
JARCIAS ROTAS Y SIN MASTELEROS. |
El presidente de los Cap Horniers en Alemania es Emil Memmen,
quien a los 15 años de edad se hizo a la mar habiendo egresado recién del
colegio. Primero fue una tranquila navegación al oeste y luego zarpó en el
MAGDALENA, PRIWALL Y PEKIN, todos de la “Línea-P" de la Flota de Hamburgo. En el
año 1927, a los 22 años, como un joven oficial del buque-escuela OLDENBURG, dio
la vuelta al Cabo de Hornos salvándose milagrosamente de ser arrojado al mar
durante las maniobras de velas en un violento temporal. Después, con el grado de
Capitán, Memmen llegó al puente del BREMEN como primer oficial. Hoy cuenta con
más de 80 años y sin embargo, teniendo una gran memoria y muy claros sus
recuerdos del mar, fue asignado al "puente de gobierno," en tierra, como
Presidente de los Cap Horniers. Hoy él tiene en su "dotación" más de 300
Capitanes de nacionalidad alemana, quienes navegaron el Cabo de Hornos como
Capitanes de algún barco.
Gerhard Conrad navegó el estrecho de Le Maire a bordo de la
barca PEIHO, buque que antes de alcanzar el Cabo de Hornos fue sorprendido por
una intensa neblina. "Terminé por encallar en unos roqueríos que no aparecían en
las cartas náuticas, debiendo permanecer varias semanas antes de ser rescatados
sus tripulantes de las solitarias islas Wollaston. Desde allí pudo conocer cómo
el oleaje del Cabo de Hornos se convertía en grandes montañas de agua y desde
cuyas alturas descendía un segundo mar de embravecidas olas que bajaban al
abismo, estallando en inmensos y estruendosos penachos." Los rostros partidos,
los labios tumefactos, las manos llagadas, alimentándose sólo de peces y
mariscos, pero con una voluntad más fuerte que los rigores de la naturaleza,
lograron sobrevivir. Eso sucedió hace 67 años. Conrad tiene hoy más de 80 años.
"A quien Dios protege lo envía tres veces a navegar por el Cabo de Hornos, y lo
envió muchas veces."
También había enviado muchas veces a Robert Hilgendorf,
Capitán hamburgués que al morir a los 85 años de edad había batido el récord de
los Cap Horniers con 66 bordadas al Cabo de Hornos.
Fueron días difíciles, recuerdan: "Como consecuencia de un violento temporal del
este se destrincó la carga y el salitre se mezcló con los toneles de aceite. El
viento se intensificó. El barómetro y el termómetro bajaron al mismo tiempo. El
mar se encrespó. Los balances y cabeceos aumentaron. Los pájaros carneros que,
como siniestros agoreros del Cabo de Hornos predicen las tempestades, habían
desaparecido por la violencia del huracán. Bajamos a la bodega, ensacamos
nuevamente el salitre y lo trasladamos uno a uno al otro costado de la bodega
hasta asegurar nuevamente la estabilidad del velero. Un marino se estrelló
contra el mamparo con el resultado de una pierna quebrada. El carpintero
confeccionó una férula y el herido fue amarrado a la litera por el resto del
viaje."
Pero también el viejo Capitán Memmen tiene otros recuerdos de
su juventud: la nave PEKÍN fue sorprendida en las proximidades del Cabo de
Hornos por un temporal del oeste que amainó repentinamente para rolar al este y
golpear al velero con mayor violencia, dificultando el gobierno del buque, hasta
el extremo de no permitir un rumbo seguro. Pero ahí estaba su Capitán Heinrich
Oellrich con su largo impermeable negro, botas de agua hasta la cintura y su
gorra cortavientos. "A sus puestos de maniobra. Las vergas debían ser
rápidamente braceadas y algunas velas cazadas para lograr mantener el rumbo
general hacia las costas occidentales, operación que requería del coraje y
pericia de los hombres de tripulación en aquellas difíciles condiciones de mar y
viento. ¿Miedo a la muerte? Cuando apenas cumplía los 20 años ¡No! Sólo queda el
recuerdo de esas horas y de aquel Capitán, allá en la toldilla. Esa recia figura
parecía personificar a Jesucristo brindando confianza y seguridad, dando las
órdenes claras y acertadas desde su puente de mando." Hasta la fecha no lo han
olvidado y lo recuerdan cuando vuelven a navegar en las cubiertas de su
cofradía.
La aparición de los vapores hizo necesaria la construcción de
veleros grandes, fuertes y veloces, como jamás antes habían navegado los mares.
"Los navíos del mañana -escribió Gerhard Conrad en su libro “Lord Jim”- no serán
nuestros herederos, sino nuestros sucesores. La arboladura de los veleros, sus
jarcias y estayes serán reemplazados por cañerías, tubos, calderas y cables”.
Los Capitanes que naveguen ahora en los grandes vapores seguirán el rumbo de un
inalterable girocompás y escucharán por radio los informes meteorológicos, pero
siempre mantendrán su pasión por los veleros: Llevarán en su corazón las velas y
en el púlpito un viejo compás magnético que nunca fallará y recibirán de cara al
viento las primeras brisas del temporal que se avecina.
-Arriba, arriba marinero... aferrar los velachos y juanetes
gritaba el Contramaestre. Cada movimiento, cada paso debía ser perfecto. No
obstante, el trabajo era lento pues la escasa dotación de cada palo no podía
maniobrar más de una vela cada vez. Antes, en los tiempos de las tripulaciones,
más numerosas, las maniobras podían ser más rápidas, dando al Capitán la
posibilidad de probar distintas alternativas con el mar, pero ahora la situación
estaba muy cambiada - continúa Gerhard Conrad -. El hielo en las cofas, eso era
lo peor. Nos movíamos de un extremo a otro hasta lograr aferrar todas las velas
que parecían duras como metal, pero siempre teníamos presente: ¡Una mano para tí
y la otra para el barco!
Muchas veces permanecíamos horas allá arriba con el viento secándonos la ropa
que habíamos mojado en cubierta. Cuando regresábamos nos barrían las grandes
olas y nuevamente nos mojábamos más. En este tramo de la navegación dormíamos
con la ropa y botas puestas. No tenía objeto desvestirse. Así pasaban los días y
semanas. Durante los continuos temporales había que trabajar muy intensamente
para mantener el velero operando con toda su arboladura. Por ello las manos y
dedos se agrietaban hasta transformarse en una llaga que sólo sanaba
parcialmente para volver a agrietarse.
Solución: vendas untadas en alquitrán eran colocadas en las
heridas, y así con las manos empuñadas se dormitaba en la litera. El resto era
cuestión de esperar. Los viejos hombres de mar tenían un tratamiento o cura
especial para este malestar, decía Gerhard Conrad: “Diríjanse rápidamente a proa
y orinen bastante sobre las manos heridas. Eso ayuda. Y se reía a carcajadas. Y
en realidad ayudaba.
La ruta del Cabo de Hornos había desplazado otras rutas
durante toda la época de oro de la navegación a vela. La intensa y febril
actividad comercial y velera entre los dos más grandes océanos sólo empezó a
decaer con la aparición de los buques a vapor y expiró virtualmente en 1914, con
la apertura del canal de Panamá. Ahora se abrirían nuevas rutas y
simultáneamente las hermosas velas darían paso al negro humo de los modernos
buques. Sí. El vapor avanzó bajo sus nubes de petróleo. Avanzó hacia el futuro
dejando a los veleros lentamente en el pasado... hacia el olvido... Pero los Cap
Horniers no desaparecen. La camaradería, sus recuerdos, el mar, todo los une, y
el Cabo de Hornos continúa desafiando a los marinos, cualquiera sea la
propulsión de su nave: veleros, destructores, transportes...
Valparaíso, Diciembre 2011.
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