Cruce del Cabo de Hornos en "La Cubana"
 

Jorge Sepúlveda Ortiz
Vicealmirante

Este trabajo está basado casi íntegramente en el diario de don Juan Federico Flühman Berchthold, joven inmigrante suizo, de 21 años de edad, y activo ciudadano de Valparaíso, fundador de una familia señera en la región.

Nació el 23 de mayo de 1837, en Nidau, Suiza, y falleció en Valparaíso el 8 de febrero de 1915. Casado con Nanette Gygax tuvieron tres hijas: Emma, Ana Marta Carmen y Clara Angela Otilia, la menor, y que fue la madre del distinguido Dr. Ernesto Mundt Flühmann (QEPD), quien me facilitó una copia del diario de viaje, y agradezco la posibilidad de darlo a conocer.

De este diario he extraído parte para ponerlo en conocimiento de ustedes.

En la mañana del 2 de enero de 1859, la Cubana zarpaba de Le Havre con destino a Valparaíso.

La Cubana era una barca con tres mástiles, de 900 toneladas, que navegaba con bandera chilena. La nave tenía, al decir del joven Flühman, aproximadamente 65 pasos de largo, un calado de 17 pies y 18 pies. Desde la línea de flotación hasta la altura de la borda y de la cual se afirmaban las jarcias, tenía una altura de 5 pies.

El capitán, era Don C.F.F. Mandaluniz, español de Bilbao, nacido en Vizcaya,

El diario de navegación llevado por Juan Federico en parte se puede leer:

12 de enero
Hoy estamos pasando a unas 90 millas por el oeste de Madeira; la atmósfera está agradable y mucho más templada; a veces, como ocurre en las zonas calurosas, se descarga una nube dejando caer una fuerte lluvia.

14 de enero
Desde hace tres días estamos viendo constantemente un barco a sólo algunas horas de distancia, a la misma altura nuestra y siguiendo la misma dirección. Hoy al medio día se acerca aproximadamente a 2, 25 millas, iza como saludo la bandera inglesa, después de eso nosotros desplegamos la de Chile.

Luego después hizo el inglés aparecer algunas banderas pequeñas de diferentes formas y colores; cada una representaba una cifra y el número resultante de su composición fue consultado por el capitán en un libro grueso (Código de señales), y con un surtido de signos parecidos, enviamos la respuesta.

Las preguntas y respuestas se sucedían con bastante rapidez pese a que los colores de las banderas sólo eran reconocibles con ayuda del catalejo. El barco era el cliper inglés “Inglis”, que venía de Liverpool e iba, igualmente, a Valparaíso.

Mutuamente nos deseamos un feliz viaje, nuevamente saludamos, lo que se hace izando la bandera grande del barco y nos separamos.

Hacia la tarde ganamos una pequeña ventaja y dejamos el “Inglis” atrás.

18 de enero
Esta mañana pasamos aproximadamente 15 horas al oeste de la isla San Antonio, cerca del cabo Verde. El viento nos impidió acercarnos un poco más; con eso perdemos toda esperanza de ver tierra desde Le Havre hasta el cabo de Hornos, salvo que una avería nos obligue a tocar puerto en Río o Montevideo, como suele ocurrir.

8 de febrero
Estamos a la altura de Río de Janeiro a 300 millas (100 horas) de la orilla. El calor ha alcanzado su máxima intensidad. La brea con que se calafatean las junturas de la cubierta se pone al mediodía, como líquido fluido; se desplaza sobre la misma según los movimientos del barco.

18 de febrero
Uno de los días más agradables lo tuvimos ayer, más o menos a la altura de Montevideo. El calor se había disipado paulatinamente y nuestros pulmones respiraban un aire purísimo.

3 de marzo
Hoy, a 900 millas (300 horas) de la costa patagónica, viramos nuestro rumbo hacia el sur, o sea, directamente hacia las islas Falkland.

Sacrificamos un chanchito gordo, lo que al capitán le dio motivo para mencionar que en Vizcaya la matanza era una fiesta familiar a la cual se convidaba a los amigos, y el señor Mandaluniz escuchó complacido mi relato de un acontecimiento parecido en Herzogenbuchsee.

Aquí en el mar, por cierto, no hacemos esa clase de ceremonias. Del chanchito se hacen salchichas, se le asa a fuego lento y a la parrilla, y en ocho días le toca el turno a otro.

6 de marzo
El día 6, después de mucho cruzar, ora al oeste, ora al sur, nos encontramos exactamente en el paralelo 47 y a sólo 120 millas de las tierras patagónicas. Dejaron caer la sonda y a las 65 brazas (40,6 pies) se tocó fondo. Desde ahí navegamos con viento favorable entre la tierra firme y las islas Falkland, en dirección a la punta oriental de la Tierra del Fuego, esperando ver esta tarde, en cualquier momento, la tierra una vez cruzado el grado 54.”

En esa misma fecha ( del 7 al 9 de marzo de 1859) un temporal de gran intensidad azotaba las costas que rodeaban al Cabo de Hornos, y que produjo la desaparición del bergantín “Pizarro” de la Armada Chilena, al mando del Capitán de Corbeta Don Francisco Hudson, cuando navegaba de Punta Arenas a Valparaíso vía Cabo de Hornos. La presión atmosférica, medida en esa ocasión por el Bergantín “Meteoro”, de la Armada que había zarpado un día después y navegaba detrás del “Pizarro”, bajó a 714.7 milímetros. La presión normal es de 760 milímetros. El “Meteoro” tuvo que regresar a Punta Arenas, a reparar los daños experimentados por el temporal.(Nota del autor).

Continúa el diario:

10 de marzo
Esta mañana estaba ya antes de las 5 en pie. Lo que ayer en la tarde, a una distancia de 45 millas, aparecía incierto y oscuro, estaba ahora, con el claro y frío aire matinal, nítido delante de nuestra vista. Una costa larga y montuosa se extendía a la derecha.

Hacia el oeste se extendía el cabo San Diego y la punta más oriental de la Tierra del Fuego, y justo delante de nosotros, separada de dicha Tierra por el estrecho de Le Maire, la isla de los Estados de unas 33 millas de largo, junto con algunas más pequeñas, denominadas islas del Año Nuevo. Un viento suave nos acercó lentamente a la isla de los Estados y esta tarde sólo 6 millas nos separaban de su ribera. …………………… ……………………

27 de marzo
Hoy puedo comenzar mi relato con la alegre exclamación ¡estamos a salvo! ¡Cabo de Hornos y Cabo Victoria (posiblemente se refiere al Cabo Pilar), los fantasmas de los navegantes, ya los dejamos atrás! Sólo queda llenar la laguna que se produjo desde el 10 del presente, y para evitarles la pregunta por qué he estado tiempo ocioso, voy a adelantarles aquí la respuesta o disculpa.

Primero quería darles la agradable sorpresa que habíamos cruzado felizmente esa pasada peligrosa. Por otro lado, el frío y los saltos a veces casi locos de la señorita Cubana me habrían impedido escribir aun cuando hubiese sentido deseo para ello.

¡Pero, vamos al grano!

Desde la isla de los Estados, con viento favorable, fuimos a parar diagonalmente en dos días al grado 57, justo por debajo del cabo de Hornos. Pero aquí se terminó por un tiempo la diversión.

De pronto se levantó el viento del oeste con tal furia que apenas tuvimos tiempo de sustraer las velas a su ímpetu y durante cinco días fuimos columpiados con más fuerza aún que frente a la costa patagónica.

Para cierto consuelo nuestro, teníamos por lo menos compañía en nuestra situación desgraciada. Siete barcos bailaban con nosotros el coro obligado, algunas entre ellos, pequeñas goletas bergantines que, al parecer, no yacían sobre rosas.

Lo que le ha dado gran celebridad al cabo de Hornos no es tanto el peligro de naufragios, como la tenacidad con que los vientos opuestos impiden el ingreso al océano Pacífico.

Ha ocurrido que barcos han tenido que luchar 6 semanas y aún más para recorrer el trecho de sólo 450 millas de largo.

Sí, hace dos años una fragata nueva en su viaje inaugural desde Génova a Valparaíso, permaneció 13 meses en camino, de los cuales la mayor parte los estuvo en esta región con averías de toda clase, sin lograr atravesar.

¡Fuimos afortunados! El día 17, después de haber sido desplazados en diferentes direcciones, nuevamente nos encontramos a la altura del estrecho de Le Maire; el viento roló un poco hacia el norte y con renovado aliento buscamos ganar el oeste.

Ese mismo día vimos dos pequeñas islas de las cuales una forma con su extremo sur el cabo de Hornos y la segunda, ubicada bien cerca, el cabo Engaño, porque frecuentemente se confunde con el primero.

El 18 navegamos en torno a la isla Diego Ramírez, cuya visión nos la impidió una densa neblina y, siguiendo a lo largo del grado 58, llegamos, en varios días sin contratiempos, lo suficientemente al oeste como para poder virar hacia el norte.

Alternativamente teníamos aguaceros, granizadas y también algunas pulgadas de nieve, que usamos para hacer bolas. El barómetro (debe referirse al termómetro) cayó en unos 5 a 6 grados bajo cero.

Pero el paso de las zonas cálidas hacia acá fue tan rápido que este frío, excepcionalmente escaso, se hizo molesto.

Anteriormente mencioné el cabo Victoria. Este se encuentra en el extremo occidental del estrecho de Magallanes y es por los barcos casi tan temido como el cabo de Hornos porque el viento del suroeste, que pasa a ser después el más ventajoso, en este punto amenaza con lanzarlos contra la tierra.”

(Se refiere al Cabo Pilar, N del A)

Conveniente es recordar en este momento, un antiguo dicho de los viejos Capitanes de veleros: El Cabo de Hornos tiene la fama, pero el de Nuestra Señora del Pilar se la gana. (Nota del autor)

“El gobierno de Chile tiene el proyecto de establecer en el estrecho de Magallanes una base de pequeños vapores para remolcar los barcos por ese estrecho con lo cual se evitará el largo viaje en torno a la Tierra del Fuego.

1 de abril
Nuevamente se ha confirmado el refrán chino que dice: "De diez pasos que uno tiene que andar, nueve son la mitad del camino".

Se decía que desde cabo Victoria se llega a Valparaíso en 8 a 10 días; que los vientos siempre son propicios. Íntimamente todos se alegran; uno cree tan fácilmente lo que de corazón se desea.

Pero quien otra vez permanece cuatro días en que ese punto es La Cubana y ¿por qué?

Por que el señor viento, en vez de soplar desde el sur, para variar, sopla una vez desde el norte, y el océano Pacífico, que todo el año merece su nombre, desea ahora darse un poco de movimiento, haciendo rodar bonitas montañas de agua.

Ya el primer día dijo el capitán que este tiempo no tenía significado, que luego una lluvia cambiaría el curso del viento.

¡Conforme! Pero el barómetro, que mirábamos cuando estábamos en el cabo de Hornos y tratábamos de hacer subir con constantes golpecitos, se mantenía quieto; ¡ahora está subiendo este bribón! hasta la marca "muy seco" para gran rabia nuestra.

Ojala que el cambio ansiosamente esperado desde hace cuatro días no se haga esperar hasta que a nuestro barómetro le dé la gana de caer, de lo contrario que se vaya todo al diablo. Mañana van a ser tres meses que partimos de Le Havre y la vida a bordo ya me tiene más que saturado.

10 abril
¡Loado sea Dios! Nos acercamos a nuestra meta. Apenas hube escrito las líneas precedentes, como para avergonzarme por la impaciencia y la mal contenida rabia, cambió el viento desde el norte hacia el este; volamos rápidamente y luego se había recuperado lo perdido al recorrer 180, 210 y una vez 240 millas (80 horas) en un día. Hasta la altura de Chiloé seguimos a lo largo de la costa a más de 300 millas. Pero desde esa isla nos acercamos más a la costa y de tiempo en tiempo vemos la tierra a través de la bruma. Aunque no hubiésemos podido ver la costa, la presencia de algas flotantes, las bandadas de pequeñas aves terrestres, el color del agua que de azul oscuro pasó a un apacible verde claro, nos habría anunciado la cercanía de la costa como le ocurrió a los compañeros de Colón.

Al barco lo acicalaron; con arena fina fue pulida la cubierta; todas las piezas y las paredes fueron barridas; los botes fueron bien pintados y la tripulación también experimentó un notorio cambio en lo que a físico se refiere. Quien supiese manejar la navaja y la tijera hacia de barbero. La cubierta se transformó en una verdadera peluquería. Quien no estaba bien provisto de camisas, o sea, que sólo tenía una y una mala, se dedicaba a lavar, y a cada lado del aparejo colgaban vistosas prendas de vestir que aleteaban alegremente con el viento.

Cada uno esperaba poder desembarcar el último viernes 8 pero el 7 se calmó el viento a la altura de Concepción y hasta el sábado en la tarde tuvimos completa calma.

11 abril (6 de la mañana)
Ayer el viento se puso de nuevo favorable y en la pasada noche el oficial nos dio la noticia de que la costa era visible a corta distancia. A raíz de eso se recogieron todas las velas y se esperó hasta que el alba nos permitiera reconocer nuestra posición.

Apenas la claridad anunció la llegada del nuevo día subí a la toldilla para admirar esa tierra de promisión de Chile.

Las cordilleras se extendían hasta donde alcanzaba la vista, en cuatro o cinco cadenas paralelas, escalonadas una sobre la otra, y en el lejano norte brillaban ventisqueros de nieve eterna en el rosicler matutino.

Al asomar el sol detrás de las montañas cubriendo de fuego primero las más altas cumbres penetrando después de súbito en los valles, fue como si de repente me viese transportado unas cuantas miles de horas de vuelta a la Patria, asistiendo a una salida de sol en el Weissenstein.

La ilusión había sido tan cabal que me puse triste cuando el movimiento sobre el barco me retrotrajo a la realidad.

Olvidadas estaban las penurias y fatigas sobrellevadas en nuestro viaje de 99 días, durante el cual habíamos dejado atrás aproximadamente 15.000 millas, incluyendo los necesarios zigzagueos que un velero necesariamente debe hacer.

Todos se alegraban; hasta el barco me parecía que estuviese navegando más liviano y más animado que antes, como un caballo que va trotando a casa.

9 horas.

El punto donde debe estar Valparaíso se destaca en cada momento mejor a través de la bruma. Todavía nos oculta la visión de la ciudad misma una lengua de tierra que rodea la rada.

Intercambiamos las habituales señales con el vigía del faro ubicado un poco al sur de la ciudad y esas eran traspasadas a la bolsa en Valparaíso, aproximadamente 1,5 hora antes de nuestro arribo.”


Track seguido por la “Cubana”

Esta información era tan importante para las empresas de importación del Puerto, pues indicaba el arribo de las mercaderías sin novedad a Chile, y ello hacían subir las acciones, o se mantenía el suspenso sobre el destino del buque en su navegación a Chile.

“Bordeamos la lengua de tierra mencionada y de pronto, como en un teatro cuando se levanta el telón, aparecía Valparaíso ante nuestros ojos; un involuntario y prolongado ¡Ah...! salía de mi boca.

Una bahía en forma de herradura de aproximadamente 10,5 millas de perímetro formaba la rada donde más de cien buques de todas las naciones de la tierra se encontraban anclados en largas filas.

Al fondo, la ciudad construida como un anfiteatro desde la orilla del mar hasta bien arriba, en los cerros.

Los altos cerros y las formidables cúpulas con nieves eternas en el lejano horizonte a lo cual se agregaba un hermoso y claro y templado día trataba de iluminarlo todo de la manera más ventajosa posible.

Las velas se van recogiendo una tras otra y La Cubana, continuando con su impulso, pasa lentamente entre los otros barcos hasta ponerse a tiro de escopeta de la tierra; el ancla cae ruidosa a la profundidad, el día 12 de abril de 1859.

El viaje se ha consumado y mi relato también.”

Según el Mercurio de Valparaíso del 12 de Abril de 1859. La “Cubana” era una Barca de bandera chilena, de 600 toneladas, que había demorado 97 días en su travesía de Le Havre a Valparaíso.

Transportó carga surtida y 6 pasajeros:

Don Elías Constant
Don F.T. Flümann
Doña Enriqueta Devandel
Don Asencio Barrenechea
Don Antonio Harra y,
Don M. Arteta.

Fuentes consultadas:

  1. Diario de navegación de Don Juan Federico Flühman Berchthold, copia en castellano. Traducido por el Dr Ernesto Mundt. (QEPD), del alemán-suizo y escrito en letra gótica.
  2. Diario “El Mercurio” de Valparaíso del 12 de abril de 1859
  3. Sepúlveda Ortiz, Jorge. Francisco Hudson, un destacado Marino poco conocido en nuestra Historia – Boletín Academia de Historia Naval y Marítima de Chile, Nº.2, pág.19