Teniente 2° RN Nicolás Yaksic Triantafilo
Publicado en Revista de Marina de Chile N°2/95
ANTECEDENTES:
En 1874 comenzó la operar en el tráfico marítimo
mundial la "Línea P", con el POLYNESIA de 1020 tons., cuyo
propietario era el armador alemán R.F. Laiesz.
Alrededor del año 1880, Laiesz aumentó su flota con
los primeros veleros de 1.400 tons., sumándose a esta compañía en los
años siguientes, los veleros del nitrato: POTOSÍ, PANGANI, PREUSSEN y
PAMIR.
La PREUSSEN, considerada la única fragata de cinco
palos construida en el mundo, tenía una capacidad de carga de 8.000 tons.
y por el año de 1910 cubría en 77 días la ruta Taltal-Cuxhaven
(Alemania), vía Cabo de Hornos. Embarcaba una tripulación de 48 hombres,
los que debían maniobrar 5.560 mts2 de velas.
El PAMIR, velero cuyo trágico fin nos interesa
describir por su honda repercución humana, fue construido en Hamburgo en
1905, por Bloom & Voss. Tenía 96,40 mts. de eslora y 14 mts. de
manga; transportó nitrato hasta el año 1914, en que la guerra paralizó
su operación.
Después de la Primera Guerra Mundial los buques de la
"Línea P" fueron adjudicados a diversas naciones como
indemnizaciones de guerra.
A comienzos de 1920, Laiesz volvió a comprar seis de
sus buques, en los que se incluía el PAMIR, y con ellos rearmó la flota
del nitrato.
En 1931, el PAMIR fue vendido al Capitán Gustav
Erickson de Mariehamn, Aland, Finlandia, pasando a formar parte de la
"flota del grano", de Erickson, que navegaba entre Wellington y
San Francisco.
Muchos años después del término de la Segunda Guerra
Mundial, fue fletado como buque escuela para la marina mercante de
Alemania Federal, actividad en la que desarrolló muchos viajes de
instrucción.
EL NAUFRAGIO.
En vísperas de la primavera austral de 1957, zarpaba el
PAMIR de Buenos Aires, señalando Alemania con su bauprés. Era un día en
que los rubios muchachos, prendieron sus mejillas de rojo mientras giraban
el cabrestante para izar el ancla.
Ya en el Atlántico, el blanco paño henchido al viento
como los ilusionados corazones de sus jóvenes tripulantes, rompía la mar
con su proa una y otra vez, quebrando el silencio de la roja tarde que se
perdía en el weste. Era el PAMIR uno de los últimos exponentes de esa
mágica vida velera, que se iba a sumergir para siempre en las
inmensidades de la mar y del tiempo.
Sus bodegas cargaban grano y a su bordo, aparte de los
35 tripulantes, se encontraban 51 alumnos de la marina mercante alemana.
La brisa soplaba en forma moderada. De pronto aumentó
de intensidad, sin que los hombres le otorgasen ninguna importancia,
pensando que serían sólo rachas. No obstante, el Comandante, Johannes
Diebitsch, un viejo marino con casi cincuenta años en la mar, se lanzó a
cubierta para, a viva voz, ordenar cargar todas las velas. Nadie abordo
pensó en lo que terminaría dicho episodio; el PAMIR, cual ave de las
tormentas, siempre había salido airoso de cualquier temporal.
El viento continuaba hinchando las velas con tal fuerza
que el velero parecía volar. Grandes olas golpeaban con violencia el
casco, escorándolo fuertemente a babor; las velas empezaron a rifarse en
medio de sonoros desgarros, al mismo tiempo que las jarcias más altas
saltaban como cuerdas de guitarra torpemente estiradas.
¡Cargar más rápido! Gritaba Diebitsch, mientras
intentaba aproar el velero; pero éste ya se encontraba desmantelado y su
casco iba recostado sobre la mar, intentando, como ave herida, reposar sus
cansadas tablas y trapos.
El oficial de guardia con voz monocorde, anunciaba la
escora: "30° - 38° - 40°…"; esto hacía prever que el
otrora majestuoso PAMIR no se adriazaría nunca más; los hombre se
miraban sin decirse palabra alguna, hasta que, finalmente, llegó el
momento en que el Comandante Diebitsch, ordenó emitir un S.O.S., sacar
los chalecos salvavidas y abandonar el buque.
Se distribuyó cigarrillos y algunas botellas de licor.
Sin embargo, al intentar echar los botes al agua se percataron que los de
babor estaban debajo de ella y los de la otra banda no fue posible
arriarlos, debido al pronunciado ángulo de escora de la nave. Se
disponía además de tres balsas neumáticas, pero dos de ellas no fueron
ubicadas, lanzando al agua sólo la tercera y, de inmediato, una veintena
de hombres se abalanzó sobre ella.
El PAMIR se dio vuelta de campana; cinco hombres
treparon sobre su casco confiados en que éste no se hundiría, pero la
pesada nave de hierro se sumergió en las agua del Atlántico, a las 11:15
del 21 de septiembre de 1957.
LOS NAUFRAGOS.
l grupo
de náufragos que se mantenía en la balsa neumática avistó, de pronto,
uno de los botes del velero, lanzándose a nado hasta darle alcance y
entre todos lo adrizaron, encontrándolo absolutamente desmantelado y con
sus remos perdidos. De no contar con sus compartimientos estancos,
también se habría ido a pique.
Con desesperanza se constató que estaba perdida la caja
con señales luminosas; pero, por fortuna, se había mantenido en la
chalupa un barrilito con agua dulce.
Hacía mucho frío. Algunos marineros, con la intención
de aligerarse para nadar mejor, se habían quitado sus pantalones y botas;
ahora estaban congelados y no podían impedir que sus dientes
castañetearan.
Horas después divisaron otro bote en el que había
aproximadamente veinticinco tripulantes; pero no lograron mantenerse
cercanos y ambas embarcaciones se fueron alejando paulatinamente, hasta
perderse de vista.
El mando del bote fue entregado, de común acuerdo, a
Karl Dümmer, quien a bordo se desempeñaba como ayudante del panadero. A
pesar de sus escasos 25 años, era el marinero más antiguo y, por otro
lado, el de más edad entre los náufragos.
En el momento en que Dümmer se disponía a pasar una
botella de licor entre los marineros, una gran ola se la arrebató de las
manos; simultáneamente, el bote se volcaba por segunda vez. Una vez más
estos tripulantes de la desdicha adrizaron su destrozado bote, sintiendo
ahora más pavor, ya que este último golpe de mar les había arrebatado
el barril de agua dulce, dejándolos a merced de la sed.
Ya entraba la tarde y la noche dejaba caer su gélido
manto sobre los infortunados hombres.
Cercana la medianoche, avistaron las luces de un barco
que pasaba a unos centenares de metros de ellos. Gritaron con todas sus
fuerzas, pero sus voces no se propagaron pues estaban muy bajo, apenas
sobre el nivel del mar. Además la oscuridad de la noche les mantenía
invisibles en la inmensidad del océano.
Un marinero, Günther Schinngel, pasó esa noche, del
sueño a volar con el albatros errante; Dümmer dijo una corta oración y
lanzó su cadáver al mar. Otro náufrago se adormecía sentado en la
bancada, mientras su cabeza oscilaba sobre sus hombros. Trataron de
hacerle esperar el nuevo día, pero también acompañó en el sueño
eterno a su joven camarada.
Amaneció el día siguiente y el marinero Anders
decidió lanzarse al agua para nadar y hacer ejercicio; prontamente fue
izado por sus compañeros, quienes oportunamente avistaron un tiburón.
Por la tarde fue avistado un petrolero, acontecimiento
que sólo trajo más desesperanza, pues, a pesar de los gritos y señas,
siguió inmutable su curso.
En medio de un nuevo mal tiempo, el bote volvió a
volcar. Después de adrizado, un marinero se alejó nadando mientras
gritaba: "Voy a buscar al Comandante".
Una suerte de locura colectiva empezó a apoderarse de
los tripulantes, quienes comenzaron a sufrir alucinaciones: veían gente,
ciudades, tierra.
Otro marinero fuera de sí se lanzó al agua para hacer
ejercicio nadando, mientras se alejaba dando grandes risotadas. A su vez,
Peter Frederich, quien también se había vuelto loco, se lanzó al agua a
nadar mientras un tiburón estaba cerca de ellos, perdiéndose
definitivamente en la distancia.
Al fin quedaban cinco sobrevivientes, que no acertaban a
pensar si todos estos comportamientos eran parte de un suicidio colectivo
o se trataba de accidentes vinculados con los tiburones. Prefiero creer
que era esto último.
La desdicha de estos infortunados llegó a su término
cuando, alertado por los sistemas de búsqueda, un barco les avistó,
acercándose a ellos. Sólo en el momento que lograron distinguir sobre su
puente figuras humanas que agitaban sus brazos en señal de saludo, los
náufragos sintieron que estaban salvados.
EL RESCATE.
El llamado de auxilio emitido por el PAMIR fue recibido
a 600 millas del lugar del siniestro, en las islas Azores. Fue alertada la
57ª escuadrilla de salvamento americana que, por las malas condiciones
meteorológicas imperantes, no pudo enviar, desde el puerto de Lagos,
(Nigeria), ningún vuelo de rebusca.
Finalmente el tiempo mejoró, pudiendo despegar el
SC-54. Este avión, avistó varias horas después dos botes del PAMIR,
tripulados, y los restos de una balsa, sin observar en ella ningún
sobreviviente. Luego, ya escaso de combustible, optó por dirigirse a las
Bermudas e informar detalladamente sobre su avistamiento.
Es así como un barco de la carrera del Atlántico tuvo
la fortuna de encontrar al bote de Dümmer con sus cinco tripulantes
náufragos. Posteriormente, otro barco de bandera norteamericana pudo
compartir la ventura del anterior al divisar otro bote del PAMIR, que a
esta altura sólo mantenía a bordo a Günther Haselbach, único testigo
de lo sucedido a su grupo.
Durante diez días aeronaves norteamericanas continuaron
sobrevolando el área señalada, no encontrando nada, ni siquiera
cadáveres.
REFLEXIONES.
Desde un punto de vista sicológico frente a casos de
supervivencia en condiciones tan extremas, vale la pena recordar algunas
opiniones muy válidas.
El doctor Alain Bombard*, en una entrevista concedida a
la prensa, relativa al accidente del PAMIR, manifestó que era inadmisible
que jóvenes sanos, fuertes y entrenados sucumbieran en tal proporción
ante un hecho de esa naturaleza, y que ellos, más que morir de hambre o
frío, habían entregado sus vidas al miedo.
Por su
parte, el Capitán de Navío Héctor E. Bonzo, Comandante del ARA GENERAL
BELGRANO, torpedeado en la guerra de las Malvinas, ha comentado que los
sobrevivientes de ese crucero prácticamente no consumieron agua ni las
raciones de las balsas salvavidas durante los dos o tres días que
esperaron el rescate.
Para el Comandante Bonzo ello se debió a que se trataba
de dotaciones que estaban bien alimentadas al momento de recibir el
ataque, por lo que su preocupación como náufragos se centró más bien
en el problema del frío, que fue el que produjo más muertes, dado que
estaban en balsas en las que se encontraron apenas tres ocupantes.
También hubo problemas con tripulantes quemados incapaces de alimentarse
y otros afectados por el mareo debido al mal estado del mar.
Entre las experiencias derivadas del naufragio del PAMIR;
vale tomar en cuenta la pérdida de los botes, que no pudieron ser
arriados debido al ángulo de escora que presentaba el buque durante el
naufragio. Afortunadamente hoy en día las naves disponen de mayor
cantidad de balsas salvavidas neumáticas y de accionamiento automático.
También cabe observar el poco aprovechamiento de
experiencias ocurridas en otros accidentes en cuanto a la ubicación de
los elementos de salvamento, como fue el que dos de las balsas
neumáticas, de las tres que disponía el buque, no fueran halladas al
momento del siniestro.
Asimismo, es del caso considerar la aparente falta de
oportunidad con que el Comandante ordenó el abandono de la nave,
considerando la juventud de los tripulantes, lo que queda en evidencia en
la reacción posterior de la dotación, la mayoría de la cual pereció,
sufriendo los sobrevivientes las penurias que se describen en el relato y
cuyo comportamiento revela que no estaban anímicamente preparados para
soportar con reciedumbre la adversidad.
Es interesante hacer notar los comentarios de Hans-Georg
Wirth a la prensa: declaró que, al abandonar la nave, se encontró en el
agua entre un grupo de 15 personas, los que improvisaron una suerte de
balsa con sus chalecos salvavidas. Ello les posibilitó mantenerse a
flote, hasta que el azar les permitió encontrarse con uno de los botes a
la deriva, al que con desesperación dieron alcance y abordaron.
Además, Wirth comentó a los periodistas "… yo
no pensaba en otra cosa que en sobrevivir y mantener mi vida a toda
costa". Sin duda algo absolutamente normal, pero lo notable es que,
según sus declaraciones, él quería mantenerse vivo, particularmente
porque le había prometido a su pequeña hermanita que regresaría sano y
salvo a casa y no quería defraudarla.
Esto me trae al recuerdo un hecho reciente en el que una
persona sufrió un asalto a mano armada, recibiendo una bala en el pulmón
y, mientras yacía herida en el suelo y sentía brotar su sangre y un
extraño ruido semejante a un globo que se desinfla, recordó que alguien,
tiempo atrás, al observarle una larga línea de su mano, le había dicho
que viviría por muchos años, lo que, a su juicio posterior, le había
sostenido el ánimo, contribuyendo a su recuperación.
Lo rescatable de ambas experiencias, si bien una puede
parecer trivial y la otra sustentada en un fuerte lazo afectivo, es que
ambas permitieron a una persona en trance de muerte sacar fuerzas e
intentar dar la lucha por su sobrevivencia.
Hay que enfatizar estas consideraciones, pues debemos
estar conscientes de que estamos en condiciones de tomar de nuestras
vidas, variados estímulos, tanto de orden espiritual como familiar, que
nos puedan permitir, eventualmente, dar avante en una situación extrema;
y ello, no sólo para nosotros mismos, sino que para que podamos compartir
nuestra energía con los que podrían ser nuestros compañeros de
infortunio y formar así un solo cuerpo para dejar atrás la adversidad.
EPILOGO
La estela perdida del PAMIR dejó 80 muertos, la
mayoría de ellos jóvenes que eran esperados para ocupar sus puestos con
profesionalismo y entusiasmo en la marina mercante de Alemania.
Las enseñanzas de esta tragedia son el legado que dejan
sus malogradas vidas a todas las marinas del mundo.

*Doctor Alain Bombard; quien en la "HÉRÉTIQUE",
balsa neumática de 4,6 mts. de eslora, y sólo premunido de arpón,
señuelos y una pequeña red, decidió efectuar una travesía a fin de
probar que un náufrago podía sobrevivir. Bombard practicaba incisiones
en la carne de los peces para beber por succión l jugo que entregaba y,
con una pequeña red de arrastre que llevaba, recogía plancton.
Zarpó en compañía de un navegante en su diminuta
embarcación, desde Montecarlo a Las Palmas (Canarias).
Continuó en solitario para el cruce del Atlántico
desde Las Palmas el 20 de octubre de 1952, para arribar a las Barbados el
23 de diciembre del mismo año.