Vía del “British Isles” al Cabo de Hornos
 

PRESENTACIÓN
Enrique Bunster camina a largos y lentos pasos, lleno de gravedad, envaguecidos los ojos azules como mirando sin ver, o viendo tanto y tan profundamente, que olvida los rostros que pasan. Firme la pipa entre los dientes, acentuando la mandíbula, Enrique Bunster tiene de sus antepasados sajones una apariencia flemática. Pero es sólo la apariencia. Controla su emoción, la constriñe, no quiere que se manifieste. Acaso porque entonces podría dejarla correr tumultuosa, tal cual, hondamente, la siente. Es hombre sensible. Es hombre recto. Cuando habla, lo que hace lentamente. Consulta a su pipa, deja que el humo circule en volutas, y luego, con reposado y mesurado ademán, dice las palabras justas. Ni más ni menos. Nadie, que yo sepa, lo ha visto jamás exaltado.

Nunca podría hacer nada precipitadamente. Y, sin embargo, sin precipitarse, arremete empresas que a los demás podrían parecer audaces o impensadas. De pronto parte en viaje. ¿A dónde? ¿En qué forma? Poco importa. Va a Oceanía, va a la Isla de Pascua, va a la Antártida. Recorre los desiertos del norte. Y vuelve siempre cargado de crónicas, lleno de conocimientos anecdóticos, de hechos históricos.

En el mar encuentra seducciones a las cuales no puede negarse. Conocedor de los secretos de la navegación, de cartas náuticas, de desvíos y variaciones magnéticas, ha ido manejando velas a través del Pacífico, ha corrido los percances más inverosímiles, y nada de eso ha logrado turbar su serenidad. Ni los contratiempos ni los desengaños le han restado ni una partícula de su fe en el ser humando.

Reinaldo Lomboy

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Brevario Vía del “British Isles” al Cabo de Hornos
Por Enrique Bunster
A mediados de junio de 1905 zarpó de Port Talbot, Gales, el velero British Isles, cargado con tres mil seiscientas toneladas de carbón destinadas al puerto de Pisagua. Al largar el cabo del remolcador que lo sacó a alta mar, daba comienzo a un viaje de diez mil millas sin escalas; viaje memorable a causa de sus penurias, que la posteridad conoce por los libros del capitán Barker y del entonces aspirante a oficial W.H.S. Jones. Aquellos que prefieren la idea romántica de las travesías a vela harán mejor en no asomarse a tales páginas; pero el estudioso de la tradición marina tiene que detenerse en ellas para saber lo que afrontaban los clippers de ruta obligada por el infierno de los mares: la región del Cabo de Hornos.

No existe paraje más nombrado en la historia de la navegación, y tampoco hubo ninguno tan temido. Todo esto, sin ser más que una islita deshabitada y estéril, que casi nadie vio jamás, porque “al doblar el Cabo” era rodearlo a doscientas o trescientas millas de distancia, en pleno paso Drake y más cerca de la Antártida que de Chile continental. En rigor, la isla Hornos a nadie hizo daño y sobrelleva la injusticia de cargar con las hazañas del Pacífico Sur, que por allí arremete con sus huracanes pavorosos, sus olas como colinas y sus flotas de témpanos, rechazando las aguas del Atlántico hasta las Falkland... en esta salvaje y helada zona, donde ningún socorro podía esperar el náufrago, los más endurecidos navegantes entraban con el Credo en la boca. El fiero capitán Bligh porfió veintinueve días con la Bounty sin lograr pasar. Este barco famoso tuvo mejor fortuna que la fragata O´Higgins, desaparecida con los quinientos marinos y soldados que conducía de Valparaíso a Buenos Aires: mejor estrella que el moderno cuatropalos Admiral Karpfanger, hundido con todo el curso de guardiamarinas y grumetes alemanes que transportaba. Se dice que hay tantas naves a pique en el Drake que, reflotadas, no cabrían en la más espaciosa bahía.

Atribúyese a la vía de Panamá el abandono de la ruta del Hornos por los veleros transoceánicos; pero el hecho cierto es que antes de abrirse el canal, el vapor tenía decretado el fin de la era de la vela. El British Isles se ofrece como típico ejemplo de la competencia desesperada de lo caduco con lo nuevo. Para reducir los altos costos de operación, el capitán James Barker llevaba consigo la mitad de la tripulación requerida, y los armadores, Thomas Shute and Company, no tenían el buque asegurado. En cada pasada por el Cabo arriesgaban esa inversión de cuarenta mil libras esterlinas y la vida de un puñado de valientes que sabían que este barco tenía ya veinte años de despiadado trabajo. Es fácil decir: Codicia y explotación; pero nadie obligaba a los hombres a embarcarse, como nadie impedía a los empresarios reemplazar sus veleros por vapores. Unos y otros, con alegría y coraje, se jugaban por su divisa: prolongar la supervivencia de la vela - devoción de sus almas - hasta donde fuese posible.

Era el British Isles una airosa fragata de 2.287 toneladas de desplazamiento, toda construida de acero, incluso los tres altos mástiles y el levantado bauprés, debajo del cual lucía su mascarón representando la figura de Britania. Venido a menos con la edad, conservaba de sus años de gloria el elegante salón de terminaciones doradas y los confortables camarotes de pasajeros. En esos lejanos días transportaba carga noble, y viajando de Londres a Sydney había conquistado la cinta azul con ochenta días en la mar. Veloz como un yate de regata, en otro viaje dejó atrás al cincopalos Preussen, orgullo de los alemanes, en la travesía del golfo de Vizcaya.

Cuando largó al viento sus veinticuatro velas inmaculadas pareció que una pirámide flotaba en el océano. Horas antes había zarpado el Susanna, de matrícula hamburguesa y destinado a Iquique, y entre ambas dotaciones habiase formalizado la puesta de quién cruzaría primero el paralelo iquiqueño.

De acuerdo con la imprudente costumbre de entonces, Barker llevaba con él a su esposa y sus dos hijitos. Se había iniciado la navegación bajo auspicios felices: en la primera jornada dieron alcance y tomaron ventaja al Susanna. Pero un repentino ventarrón nocturno despedazó tres velas y metió una catarata de agua en cubierta. A duras penas consiguió el buque enderezarse, y esto fue como un anuncio de las pruebas que iba a soportar después.

Durante semanas nada anormal volvió a suceder. Para la señora Barker y sus niños era como un crucero de vacaciones. Llevaban un gallinero que alegraba a los amaneceres, y tranquilizante provisión de jugos cítricos para prevenir el escorbuto. La captura de un tiburón fascinó a los pequeños y la aleta dorsal del escualo enriqueció el menú de la mesa del capitán. Todo era novedoso y excitante en medio de las voces de maniobra que son como el lenguaje cifrado de los: “¡La guardia de babor a coser lanteones en el trinquete y mayor! ¡Amarrar las rabizas por encima de las gazas de los obenques! ¡Arriba, vivo, a cortar los envergues de los juanetes...!”

Pero entretanto el calor de los trópicos venía recalentando el carbón, y en la latitud de Río de Janeiro empezó a salir humo por la escotilla de la bodega de proa. Aunque estaban cerca de la costa, Barker se negó a recalar, para ahorrarse los gastos de puerto, y heroicamente atacó el fuego con sus propios recursos. Carecía de mangueras y bombas y rehusó emplear el aparejo a vapor de descargue, porque encender su caldera implicaba un consumo extraordinario de combustible. Así se batían los veleros del último tiempo en su batalla perdida. Fue aparejada una pluma junto a la escotilla, y moviéndola a mano comenzaron a sacar el carbón recogido en cestos, para desparramarlo en cubierta y mojarlo con baldes de agua salada. Atenaceados por el pánico, sofocados por el humo y soportando quemaduras en manos y pies, lucharon cuatro días y noches hasta apagar el incendio.

La señora Barker debió preguntarse si no habría sido mejor quedarse en casa.

El 7 de agosto, en pleno invierno austral, rodearon la Isla de los Estados y enfilaron proa hacia el Drake enfrentando un temporal del Sur.

El drama que iban a vivir ocupa seis capítulos del libro de W.H.S. Jones: “The Cape Horn Breed”, tal vez el más vívido testimonio existente de los padecimientos sufridos en el paso del Cabo. Cogido de través por el oleaje que llamaban “de precipicio”, el buque daba bandazos de cuarenta y cinco grados, embarcando a cada tumbo toneladas de agua que anegaban la cubierta; y a su estruendo horroroso se añadía el del carbón removido en las bodegas, ya a babor, ya a estribor, golpeando contra los costados como si fuese a reventar las planchas de acero. El viento, ahora del Oeste, rugía en los mástiles, en el aparejo y en las velas de tormenta, apagaba las luces de aceite y obligaba a los timoneles a permanecer amarrados. No era posible caminar sin asirse a dos manos del andarivel de seguridad tendido de proa a popa. La señora Barker se había hecho atar en la litera con sus niños, presa del pavor y de un mareo de agonía, y no volvieron a verla hasta cuatro días después. Al romper una ola gigantesca en cubierta, el marinero Witney fue arrojado contra la borda, arrastrado como un objeto y estrellado contra una escala. Lo recogieron con una pierna quebrada en tres partes y media tripulación participó en la faena de trasladarlo hasta la improvisada mesa de operaciones. Para poder quitarle la bota el capitán tuvo que embrutecerlo con coñac, y el carpintero haciendo las veces de doctor, le aplicó a la pierna un par de tablillas atadas con cordel. Esto significaba un hombre menos para todo el resto del viaje. Entretanto el temporal había hecho tirillas dos gavias y la trinqueta mayor, cuyas lonas reducidas a flecos restallaban castigadas por las ráfagas.

Apenas amainó el huracán, la British Isles largó todo el velamen y corrió como un potro en libertad brincando en la mar de leva. En pocas horas ¡hurra...! habían sobrepasado el meridiano del Cabo de Hornos, y la señora Barker, demacrada por el encierro y la sea sickness, reapareció en cubierta... Pero ya estaba encima el temporal siguiente, ahora en latitudes antárticas con doce grados bajo cero, en aguas infestadas de témpanos y bajo un cielo tétrico que descargaba diluvios de granizo y nieve. Navegando con sólo cuatro velas bajas, el buque era en un tonel danzante cuyos metales y maderas gemían a cada zambullida de la proa en las olas. “Los hombres que braceaban las vergas”, escribe Jones, “se hundían hasta la cintura en el helado torrente de agua que entraba a bordo. Nuestra preocupación era agarrarnos al andarivel, a una cabilla o a cualquier cosa mientras aclarábamos el embrollo de cabos y los hacíamos firmes en el aparejo. Como en un combate, estábamos demasiado ocupados para tener miedo...” Pero en vez de avanzar, el navío retrocedía, imponente, mientras los albatros, sin esfuerzo alguno de sus alas, planeaban elegantemente hacia el Oeste, contra el viento, como haciendo burla de los hombres. Cuando el capitán pudo tomar la situación, comprobó que se hallaba de nuevo al Este del meridiano del Cabo...¡La lucha de días y semanas había sido trabajo perdido! Esta evidencia abrumadora hizo más duro todavía el inhumano régimen de trabajo. Después de cada guardia a la intemperie, bañándose vestidos en cubierta o en las vergas congeladas, buscaban un descanso imposible en sus dormitorios inundados, “donde las cosas menudas jugaban al escondite removidas por el agua”. Carecían de calefacción, exceptuadas las estufas en que secaban la ropa jamás lavada, y las camas estaban permanentemente húmedas. En previsión de un incendio el cocinero había apagado su fogón y no volvieron a probar alimentos sólidos calientes. Para el aseo personal y para el té recibía cada cual un tercio de cubo de agua dulce, inevitablemente mezclada con agua salobre al sacarla del estanque; la dura galleta de mar estaba llena de gorgojos y la carne y el tocino eran un recuerdo. Había enfermos de úlceras y de bronquitis, había pies y manos quemados por el hielo, pero no llevaban médico ni medicinas...

De pronto, en medio de la baraúnda de chapuzones y barquinazos, el grito escalofriante de ¡hombre al agua! El marinero Davidson había resbalado desde una verga de palo mesana, cayendo al mar como un muñeco manoteante de ropas infladas por el viento. Soltaron todos la vela que estaban aferrando y bajaron a cubierta en tropel, como enloquecidos, en tanto que la lona abandonada retumbaba en la altura con estruendo de cañonazos. Oyeron la voz del infeliz: “¡Por amor de Dios, socorro...!”. Pero Barker y todos sabían que era imposible arriar un bote en ese tremendo oleaje: era la muerte segura para media docena de voluntarios. Apiñados junto a la borda, vieron a Davidson, el camarada estimable y modesto, debatirse inútilmente hasta desaparecer a lo lejos. Entonces la ruda tripulación hizo la Señal de la Cruz y rezó por él en alta voz, llorando.

Había ahora dos hombres menos por todo el resto del viaje.

Antes de que el día terminara, una ola que cayó en cubierta envolvió al marinero West y lo lanzó de cabeza contra los imbornales de acero. Quedó inconsciente y sangrando a borbotones de una profunda herida en el cráneo. Llevado en peso a la enfermería, donde estaba Witney con la pierna quebrada, se vio de inmediato que hacía falta un cirujano y un hospital para salvarle la vida. Las inexpertas manos del capitán y el carpintero le afeitaron la cabeza y lavaron y vendaron el hueso hundido; luego amarraron al moribundo en el camastro confiando su mejoría a un milagro.

Tres hombres menos.

Entretanto la fragata había derivado a palo seco hasta las cercanías del Círculo Antártico. El termómetro registraba veinte grados bajo cero y todo estaba cubierto de una costra de escarcha. Tocar un objeto metálico era perder la piel de los dedos. El mar enfurecido apedreaba el buque con trozos de hielo que hacían saltar la pintura del casco. Nueve marineros acabaron con las manos inutilizadas por quemaduras del frío polar.

¡Doce hombres menos!, y ya sólo quedaban ocho en condiciones de servir.

Una delegación abordó al capitán con sus pobres manos vendadas para suplicarle que abandonara esa batalla sin fin. Llevaban tres semanas de temporal continuo, estaban “en el límite del sufrimiento”; le imploraban que buscara el refugio en las Falkland... Encañonándoles con su revólver, Barker contestó que él iba a Pisagua y no a otro lugar. En su respuesta encontramos la explicación de por qué Inglaterra conquistó un imperio.

El indomable capitán sostenía que su barco estaba intacto y podía salir adelante... Pero faltaba lo que Jones llamó la paliza: algo como nunca volvió a ver en cincuenta años de experiencia en el mar. Un tercer huracán, declarado en la noche del 12 de Septiembre, empezó por arrancar el mastelerillo mayor, que se vino abajo convertido en un revoltijo de maderos, alambres, velas, cabullería y jarcia de maniobra. La misma racha ciclónica se llevó la gavia mayor y la trinqueta, grandes velas recién confeccionadas a bordo y de las cuales sólo quedaron jirones crepitantes. Al amanecer ya no era posible andar sino arrastrándose a gatas, humillación impuesta por el balance del buque entre olas de dieciocho metros de altura. En uno de estos horribles bandazos el marinero griego Hieronymos rodó y quedó aturdido bajo una faluchera, cuya batiente puerta de acero machacó una de sus piernas hasta destrozársela. Con esto ya quedaban no más de siete hombres útiles. En medio de la espantosa confusión vieron que el castillo de proa estaba parcialmente desfondado, que los cuatro botes salvavidas habían desaparecido y el marinero danés Nielsen era hombre al agua. Ahora quedaban seis. Como golpe de gracia, la tapa de la escotilla mayor cedió y el agua empezó a filtrarse en la bodega.

Sólo entonces se decidió Barker a salir momentáneamente del Drake, navegando hacia la Isla de los Estados para reparar sus averías.

Había en aquel paraje una veintena de veleros lamiéndose las heridas de la descomunal pelea con los huracanes. Descubrióse que el British Isles tenía dos de sus mástiles trizados y tres pies de agua en la bodega. Reparado como se pudo, partió de nuevo con el remendado velamen de tormenta, las tres cuartas partes de la marinería fuera de servicio y sin un solo salvavidas.

En estas increíbles condiciones lograron cruzar por segunda vez el meridiano del Cabo de Hornos, al precio de otro hombre al agua y abriéndose camino en la enloquecedora mar cruzada: el oleaje en una dirección y el viento en la contraria. Por entonces el castillo de proa era un hospital nauseabundo a causa de la gangrena declarada en los dedos congelados y en la pierna de Hieronymos. Para salvar a éste la vida, el capitán Barker se improvisó cirujano y ejecutó la amputación sirviéndose de un cuchillo cocinero y un serrucho y cauterizando con el atizador del fogón calentado al rojo. El griego sobrevivió, en medio de atroces dolores, pero casi en seguida murió West a consecuencia de la herida en el cráneo, y sus restos fueron arrojados por la borda envueltos en mortaja de lona cosida.

El 16 de octubre la proa cortó la latitud 50° Sur navegando al norte. Habían demorado dos meses y once días en doblar el Cabo, contados desde que pasaron los 50° S. en el Atlántico. Barker saludó el sol brillante y la cubierta seca echándose al cuerpo un vaso de ron. Los sufrimientos de la travesía, la más dura que se recuerda, habían sido la contribución de un puñado de seres anónimos para que el carbón inglés conservara sus mercados de ultramar, para que las salitreras chilenas continuaran estimulando las cosechas del mundo y la Bolsa de Londres siguiera regulando la prosperidad universal. También para prolongar por unas décadas el ocaso de los barcos de vela, adorno de los mares y nostalgia de soñadores.

El aporreado British Isles se deslizaba hacia su meta inmundo de sal y herrumbre, cicatrizado de abolladuras y destrozos, con la belleza trágica de un sobreviviente. En su cubierta pringosa reapareció la señora Barker, flaca y pálida como una convaleciente, con sus niños vacunados para siempre contra la atracción del mar.

Pasaron sin ver Valparaíso, pero “al irnos acercando a la costa de Chile se divisaban en toda su extensión una variedad de cabos, bahías y playas, con las rojas faldas de la Cordillera de los Andes descendiendo hacia el océano, y más allá, tierra adentro y escondidos entre la bruma, los picos de seis mil metros de altura cubiertos de nieve...”.

Supieron más tarde que el Susanna aún no había arribado a Iquique, ni lo haría hasta dentro de un largo mes. Una vez más el British Isles finalizaba su viaje invicto.

Por eso entró a Pisagua con su pabellón y sus banderas tremolando al tope, como orgulloso vencedor, al cumplir ciento treinta y nueve días desde su zarpe de Port Talbot.

Pero no había tiempo de festejar la doble victoria. La entrega del cargamento era apremiante; luego tenían que ocuparse de los enfermos, completar las reparaciones y preparar el regreso a la patria... vía Cabo de Hornos.

Valparaíso, Febrero del 2010.