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Extraído y adaptado del sitio www.el-mundo.es.
En los años veinte se convirtió en costumbre saquear, antes que ayudar, a las naves que naufragaban en el fin del mundo. Nuestro barco ha salido de la Antártida y se dispone a cruzar el paso Drake, el cruce de caminos en el que se enfrentan los océanos Atlántico y Pacífico. Poco a poco vamos dejando atrás los bloques de hielo flotantes. Pingüinos, ballenas y cormoranes dejan de jugar a perseguirnos. Nos sumergimos en las aguas más salvajes del mundo. El viento sopla oeste-noroeste a una velocidad de 54 nudos (27 metros por segundo). La presión atmosférica es de 763 milibares. La temperatura del aire es de cuatro grados y la del agua de apenas dos. La visibilidad es de poco más de seis millas. Las olas cruzan el barco por la cubierta y hacen que sus tripas crujan como los goznes de una vieja puerta. Los cabos están rígidos y los mástiles vibran. En el interior del barco las cosas no están mucho mejor – "Si es necesario arrodíllense para caminar, no se avergüencen" – sugiere el capitán. No se puede comer : la comida se sale de los platos y hay que sostener los vasos con la mano. No se puede leer : los ojos bailan entre líneas, la cabeza y los pies se golpean rítmicamente contra los extremos de la litera y es necesario hacer fuerza con los codos para mantener la posición. Solo se puede vomitar y ver como la vida se balancea. El Pacífico y el Atlántico, los dos océanos más grandes del planeta, chocan violentamente en un lugar solitario que se esconde en el extremo sur del continente americano. En ese siniestro paisaje las tormentas barren el buen tiempo. Las olas, del tamaño de un edificio de cinco pisos, pueden oscurecer el sol. Y los vientos, que soplan desbocados en todas direcciones, son capaces de arrancar de cuajo el mástil de un velero. Islas de hielo de cientos y miles de metros de extensión, capaces de destrozar el casco de cualquier barco, flotan amenazantes a la deriva.
Ningún otro lugar en el mar ha roto tantas quillas, ha segado tantas vidas y ha generado tantas leyendas como el Cabo de Hornos. Descubridores, balleneros, misioneros, cazadores de focas, comerciantes, científicos, traficantes, piratas… Todos han sentido como el corazón les temblaba y el estómago se les encogía. Esa roca negra de perfil siniestro, rodeada de ventisqueros sobrecogedores, ha sido testigo del crecimiento y la agonía de los poderes marítimos y del nacimiento y el derrumbe de imperios. Esa roca negra, moldeada, agrietada y corroída por las tormentas, ha visto como veleros, goletas y bergantines eran juguetes en manos de las olas.
Dos días después de escapar del desierto de cristal nos acercamos al Cabo de Hornos, extremo austral de Chile. Con el mar en este estado de crispación es fácil imaginar como sufrían los viejos barcos, como sus velas se hinchaban hasta reventar y como los gavieros se destripaban contra la cubierta o desaparecían para siempre entre las nubes de espuma de las olas. El miedo sigue viviendo aquí, en los 55º 59’ de latitud S. y 67º 12’ de longitud W del meridiano de Greenwich. Si observamos el globo y seguimos la línea de los paralelos, lo encontramos 1.300 millas más al sur que el cabo de Buena Esperanza, el extremo sur de Africa, y a 600 millas bajo la latitud de la isla Stewart, de Nueva Zelanda. Justo en la mitad de la nada. Durante varios siglos la llamada "DOBLADA DEL CABO DURO" a vela fue considerada el máximo laurel de cualquier marino, comercial o deportivo, militar o ballenero. Nacieron incluso clubes cabohorneros, donde se agrupaban en peculiar orden caballeresco los vencedores del mito. Hoy cualquiera puede alquilar un velero - o comprar una plaza en alguno de los numerosos charters que frecuentan la zona - y darse el capricho con la seguridad de que el único peligro que corre es el de no poder mantener la comida dentro de su estómago.
Al salir del Cabo de Hornos hacia Puerto Williams, Chile, el tiempo enloquece. En las siguientes 100 millas se pueden recibir tres partes meteorológicos diferentes : al principio, el viento supera los 40 nudos, las olas se levantan por encima de los tres metros y llueve aguanieve. A la altura de la bahía de Nassau la velocidad del viento ha descendido a 30 nudos, y las olas tienen un metro de altura. En el canal Beagle el viento sopla a 15 nudos y la mar esta casi llana. La enrevesada red de canales de la Tierra del Fuego logra domar el mar. En una taberna de Punta Arenas, muy cerca del puerto, se reúnen los jueves algunos viejos lobos de mar. Beben ron y cerveza, recuerdan los buenos tiempos, añoran a los buenos camaradas y canturrean viejas canciones marineras. Sebastían atravesó el Cabo de Hornos por primera vez cuando tenía 17 años. Ahora, "medio siglo y un año después", tensa los músculos de la cara, cierra ligeramente los ojos y recuerda en un susurro sus días de marino: " La primera vez que atravesé el Cabo de Hornos no era dueño de mí. Solo acertaba a sujetarme con dientes y uñas a cuerdas y palos. Después he pasado por el maldito Cabo al menos medio centenar de veces. Pero de verdad que no entiendo a la gente : si no hubiera tenido que hacerlo para comer, para alimentar a mi familia y no terminar tirado borracho en la calle, jamás hubiese vuelto a navegar por ese maldito lugar. Es el reino de Satanás". Charles Darwin no era hombre de mar. Pero durante su viaje en la BEAGLE entendió perfectamente a aquellos que se jugaban la vida entre las olas: "A la mayoría de los marinos - según mi parecer - les gustaría realmente muy poco el mar si no hubiesen sido empujados a el por la necesidad, por los sueños de gloria cuando muy jóvenes y por la fuerza de la costumbre cuando viejos, todo lo cual constituye el único vínculo de atracción".
Hoy los tiempos han cambiado, pero no la naturaleza. El extremo de América sigue sacudiéndose con rabia. |