La última ráfaga en el Cabo de Hornos
 

Capitán inglés de Alta Mar Martin LEE.
Publicado en la revista At Sea en 1993.

La AMICALE – o Asociación Internacional de Cap Horniers, AICH – fue fundada en Saint Malo en 1937 por un grupo de capitanes franceses de alta mar que habían pasado la mayor parte de sus vidas a bordo de veleros en el comercio del nitrato en la costa occidental de América del Sur. Habían doblado muchas veces el Cabo de Hornos, la extremidad más austral de ese continente, en ambas direcciones. Con su contrapartes alemanes, los capitanes de los veleros de F. Laiesz, también de la carrera del salitre, podían jactarse de que sus experiencias en el temido Cabo no tenían paralelo.

Desde esos comienzos en 1937 nació un club único que, a pesar de una obvia desaparición eventual, parece ir fortaleciéndose cada día más. Sus objetivos formales son: “promover y robustecer los lazos de camaradería que atan a ese gremio único que goza de la distinción de haber pasado por el Cabo de Hornos en veleros mercantes; mantener vivo de varios modos el recuerdo de los resistentes buques que navegaban regularmente en un trayecto especialmente difícil y peligroso, como también el coraje, la pericia y la capacidad de resistencia de los marinos que los tripulaban. Con esto la AICH espera estimular a las generaciones jóvenes para que encuentren una salida a sus impulsos en pos de aventuras.

Son miembros de pleno derecho los que poseen un certificado de Capitán de Alta Mar (clase I) por haber cruzado el Cabo de Hornos a bordo de un velero mercante de cualquier nacionalidad y sean tripulantes de “bona fide” según lo estatuido en los correspondientes artículos del convenio con el buque. Los que han comandando un velero en el Cabo de Hornos se llaman “Albatros”; todos los demás miembros son los “Malamocks”. La calidad de miembro asociado está abierta a todas las otras “Palomas del Cabo” que han doblado igualmente el cabo, pero no poseen certificados de Capitán. Son miembros yatistas los que lo han cruzado participando en una regata formal de yates como es la de Whitbread o la del British Steel Challenge, y los que han cruzado en solitario. Hay también miembros honorarios y “Amigos”. En todas estas categorías se cuentan unos 1100 miembros en el mundo. La Sección británica fue fundada por el Comandante C.L.A. Woollard – propietario y agente del famoso buque escuela para muchachas ENGLISH ROSE – en 1958 y tiene hoy unos 170 miembros, 25 de los cuales lo son de pleno derecho y 52 están en categoría de yatistas.

Foto tomada a través del periscopio del Submarino O'Brien. Nov. 1996El Cabo de Hornos se encuentra en Latitud 55º 58’ 28’’ Sur, Longitud 67º 17’ 20” Oeste de Greenwich y marca el punto de encuentro del Atlántico y del Pacífico. Lo bautizó así el navegante holandés Schouten en 1616 en recuerdo de su ciudad natal de Hoorn o por uno de sus buques. El Cabo es un macizo de rocas negras escarpadas que se elevan a una altura de 1390 pies (424 metros). Los acantilados se estrechan hacia el norte. En la actualidad está señalado por un faro y por un monumento que fue colocado ahí en 1992 por la Sección chilena de la AICH.

Estos escuetos datos no revelan la incuestionable verdad de que el Cabo de Hornos es sinónimo de mal tiempo y enormes mares, a veces insuperables. La deriva del Atlántico hacia el Este, la corriente del Cabo, los cielos cubiertos y una continua sucesión de depresiones – sin hablar de los témpanos en época de verano – hacen que la navegación a la vela en esas aguas sea mortificante y peligrosa.

En 1948 pasé el Cabo de Hornos en la PASSAT, barca de cuatro palos y 330 pies (100 metros) de eslora, que hoy se conserva en Travemünde, Alemania. Entonces era propiedad de Gustaf Erickson, de Mariehamn en las islas finlandesas de Aland.

Me embarqué en ella en 1946 cuando llevaba madera a Sudáfrica y me encontraba al final de mi aprendizaje. En esa ocasión íbamos “en espera de órdenes” a Falmouth desde Port Victoria en el sur de Australia con un cargamento de 4900 toneladas de trigo. Erickson, como consta en otros antecedentes, fue el último en operar una flota comercial de veleros hasta inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Reproduzco a continuación el relato del viaje de acuerdo a mis apuntes de entonces:

“Zarpamos de Port Victoria el 17 de mayo de 1948 huyendo fatigosamente del Golfo de Spencer y tratando de pasar claros de la costa que trataba de asirnos si nos acercábamos mucho a la restinga. Vira por avante cada cuatro horas, asunto laborioso con una tripulación reducida y con la pesadas vergas de la PASSAT que requería de toda la gente en cubierta como también una actitud violentamente persuasiva de los contramaestres. El 19 de mayo dejamos la isla Kangoroo por babor y perdimos de vista a Australia. Quedamos libres para dedicarnos al oficio de navegar a la vela.

Se puso rumbo hacia los “Cuarenta Bramadores” donde los ventarrones del Oeste soplan rabiosamente alrededor del mundo levantando esa marejada larga y fastidiosa de los mares del sur que debe ser mirada con cuidado por el marino que corre viento en popa. Tres días más tarde nos comunicamos con la motonave británica PORT CHALMERS que regresaba a Londres. Llegaría ahí antes que nosotros llegáramos al Cabo de Hornos y zarparía nuevamente antes de que llegáramos a Falmouth, pero la vida a su bordo sería lúgubre y sin interés. Casi siento pena por ellos mientras navegamos con el frío aire de la tarde. Las vacilantes luces de destello en alfabeto Morse con que conversamos en la mar sería el último contacto que tendríamos con otra gente durante tres meses”. (Por extraño capricho del destino, mi primer buque como oficial recién titulado fue ese mismo PORT CHALMERS y la vida a bordo distaba de ser poco interesante). “A medida que transcurrían las noches, la PASSAT se mecía y cabeceaba proa al Sudeste, el tiempo se tornaba más frío y riguroso y salieron a relucir los encerados y botas marineras. A los veinte días empeoro el tiempo oscurecido con ocasionales chubascos de nieve. Un fuerte viento procedente de la zona de hielos aullaba en la arboladura, pero el buque resistía bien balanceándose y rechinando, salpicando y embarcando grandes cantidades de agua que corría por cubierta de modo que gran parte del tiempo no se podía estar en ella. Es cierto que esperábamos este tiempo de Cabo de Hornos, pero no por ello la vida se tornaba más confortable. Cuando trabajábamos en cubierta quedábamos mojados y entumidos y nos acostábamos todavía helados aunque no tan entumidos. El castillo y la toldilla se encontraban continuamente al nivel del agua. Las brazas se llevaron por precaución al centro del buque y se tendieron cabos de vida en las amuras.

El viento no se mostró benigno con nosotros ese año; sólo cuando estuvimos a pocos días del Cabo de Hornos rolo al Oeste y pudimos navegar más normalmente. La PASSAT no batió récords; hacía más de un año que no entraba a dique, respondía muy flojamente, el gobierno era pesado y a menudo requería dos hombres en la caña. Cuando corría en popa se precisaba una constante vigilancia.

El 3 de julio pasamos el Cabo de Hornos dejándolo 88 millas más al norte sin ver nada de tierra y preguntándonos si el “temido Cabo” vería alguna otra vez pasar a otro gran velero en ese trayecto. Era bien dudoso, al mundo moderno le falta tiempo para estos “windjammers”. Como si el paso del Cabo fuera el heraldo de mejores tiempos o tal vez simplemente para ser benévolo con el último de estos buques de velas cuadras y aparejo cruzado, el tiempo entibió y los vientos favorables pasaron a ser la norma y no la excepción. Por primera vez en cincuenta días cazamos los juanetes y otras velas de buen tiempo, nos sentimos satisfechos de nosotros mismos y disfrutamos de buen clima, pero el placer no duró mucho; nos encontrábamos en la zona del temible pampero que empieza a soplar el 20 de julio a unas 600 millas del Río de la Plata. El pampero trae desastres al incauto por su súbita llegada, por los violentos chubascos y los repentinos cambios de viento que han sido causa de la pérdida de muchos buenos veleros en el pasado”.

Tal es mi recuerdo personal de lo que era cruzar el Cabo de Hornos en un viaje comercial de rutina. Había, sin embargo, un aspecto más jovial en la historia del Cabo. En el Liverpool del siglo XIX existía una famosa posada para marineros llamada Paddy West’s. Los “ratones de abordo” (criminales y otros malhechores fugitivos de la justicia) que llegaban a alojarse en el establecimiento eran a veces llevados al bar en donde se les hacía dar vueltas en torno a un cuerno de toro (bull’s horn) colocado sobre una mesa. Había también ahí un compás de geometría que debían colocar dentro de una caja de madera. De este modo podían declarar, sin mentir, a cualquier contramaestre algo corto de luces que anduviera buscando postulantes para el embarque ¡que habían dado tres veces la vuelta al Cabo de Hornos (rouded the horn) y que podían cuartear la rosa de los vientos (box the compass)! Con documentos falsificados lograban la contrata y con el anticipo del salario cancelaban la cuenta del Paddy West’s. Demás esta decir que estos seudo marineros constituían un peligro para el buque, aparte del que corrían ellos mismos. Se decía, por otra parte, que el tiempo helado del Cabo de Hornos presentaba sus ventajas: terminaba con los chinches de las camas. No estoy en condiciones de hacer comentarios al respecto, pero puedo asegurar que tenía poco efecto sobre los ejércitos de baratas residentes.

Me considero bastante afortunado de haber tomado parte en el penúltimo cruce del Cabo de Hornos en un gran velero de comercio, aunque fue de la manera más fácil, “hacia el Este, siempre hacia el Este” como reza una vieja canción marinera.

La PASSAT y el PAMIR llevaron el último cargamento de granos de Erickson en 1949. Hoy ya no existe la ruta del Cabo de Hornos para los grandes veleros, pero sus tradiciones sobreviven en una generación nueva y diferente.

The Last Grain Race, por Eric Newby, (publicada por primera vez en 1956) es un relato clásico y gracioso de su experiencia en un viaje similar en el MOSHULU diez años antes. The Last Tall Ships, por Basil Greenhill y George Kahre (1978), es también una historia igualmente interesante de cómo operaba Erickson.

El autor, Martin Lee, Capitán de Marina Mercante calificado para la vela, es hoy día un Práctico que ejerce en el río Medway y en el Estuario Exterior del Támesis. Preside la Sección británica de la AICH.