1Los que pasan por avenida España, entre Valparaíso y Viña del Mar, avanzando por la avenida paralela al mar, ya pueden verlo. Y nosotros, que tantas veces escribimos con nostalgia de la Sirenita de Copenhague, extrañando una forma marina emblemática de la ciudad, nos sentimos como si hubiéramos recibido una respuesta.

Les hablamos del albatros gigantesco inaugurado la pasada semana entre truenos y relámpagos en el muelle Barón. Obra de un miembro francés de la Cofradía de los Capitanes del Cabo de Hornos, los Cap Horniers, que deben su nombre a la tradición más marinera, haber atravesado a vela el tempestuoso Cabo del extremo Sur de Chile. El rango de verdadero hombre de mar lo dio durante unos cuatro siglos por todas las rutas navegables el nombre y la creciente celebridad de nuestro Cabo de Hornos con su nombre de novela de Conrad.

Durante tres meses, en que la noticia no se filtró por ninguna jarcia o escollera… estuvo trabajando el artista y cap hornier de la cofradía chilena, el francés, de elevada estampa, Lucien Burquier, también autor del original, ya que el albatros chileno es una bellísima réplica del albatros, de menor tamaño, inaugurado hace unos meses en el puerto francés de Saint Malo. Fue simultáneamente una despedida, un pañuelo con forma de albatros que seguirá girando en el viento, gracias al particular mecanismo que le posibilita moverse imperceptiblemente en el aire. Igual trabajo ingenieril posee el albatros recién posado en Valparaíso, como si se hubiera escapado de Europa para posarse, en la punta de un ala, como una bailarina, en el muelle Barón. Terminados los trabajos que la empresa portuaria realiza, pasará a llamarse Puerto Barón. Y el albatros ocupará su lugar definitivo dentro del enorme cambio proyectado en el llamado borde costero y proseguirá girando leve e imperceptiblemente en el viento.

2El albatros en pleno vuelo, con sus inmensas alas extendidas incorporará su alma de relámpagos a eso que siempre faltará cuando nos olvidamos del mar. Aquello que se nos hizo tan vivo cuando en plena ceremonia, en plena lectura final del discurso del Presidente de los Cap Hornier de Chile , aludía al albatros en un breve y huracanado poema, que terminaba evocando los vientos antárticos. No fue más que escucharse esas dos palabras, cuando del nublado cielo, tal vez desde la Antártica misma, se ha dejado caer el estruendo de un trueno que nos pareció en el solemne instante la condensación de todos los truenos. Fue como el primer movimiento de la batuta de un cósmico director celeste. Acto continuo, vino una andanada de relámpagos y más truenos, acompañados de una lluvia torrencial que obligó a tomar rápidas medidas. La menor, caminar dos cuadras muelle adentro, o mar adentro, para seguir con los discursos bajo techo. Pero la magia ya se había producido y la alegría del mar fue esa tormenta eléctrica inesperada cuyo lenguaje comprendimos o intuimos todos, más marineros cuanto más empapados. El gran muelle de madera era un clipper que retornaba de los siglos de naufragios y navegaciones y nos unía a la hermandad de esos capitanes mercantes que fundaban un nuevo vuelo de ese enorme pájaro del mar, el único que comparte su vida con una sola pareja y que ha inspirado la bella leyenda marinera. Capaz de volar meses en las tormentas de su hábitat, el Cabo de Hornos, es también de volar meses y meses tras los barcos, pues según la fábula, en él se reencarnan las almas de los marinos que murieron al cruzar el Cabo, y por eso, los reconocen y los siguen, hasta caer rendidos a veces en sus cubiertas, como en el inmortal poema de Charles Baudelaire.

Hay que celebrar estos gestos que no sólo embellecen nuestro marino entorno, sino que lo humanizan y nos acercan a nuestra raíz suprema, que es el mar. También en Chile, en el Cabo de Hornos, otro albatros se levanta en el ojo mismo de las tormentas, obra del escultor Joaquín Ballcells, que dentro de una concepción no naturalista, lleva su belleza a la abstracción de capas metálicas superpuestas, que configuran la silueta del ave dibujada por el cielo. Cuando el día está despejado, el albatros es azul; cuando llueve, gris o del color del relámpago. Fue inaugurado en diciembre de 1992.

Ahora esperaremos el fin de los trabajos y la inauguración definitiva del albatros continental. Nos imaginamos, como rito marinero complementario, al alcalde de la ciudad, haciendo estallar en un ala enfilada al cielo, la espuma de una botella de champagne, como en el bautizo de los grandes barcos, que tanto aman los albatros.