Por Rosa Zamora
El Mercurio de Valparaiso – Reportajes
Domingo 22 de octubre de 2006

LegedarioCapHornierAunque pasó sus últimos días en una apacible quinta de El Belloto, donde se entretenía produciendo vino y jugos, fue un lobo marino con todas las de la ley y el motivo central de su vida siempre se meció en las aguas del enorme y misterioso océano.

Porque el capitán Robert Miethe Kriews fue, junto a R. Hilgendorff y H. Nissen, uno de los más legendarios cap hornier albatros de todos los tiempos y se instaló con toda justicia en esa especie de cielo reservado a los marinos que en los siglos pasados atravesaban el Cabo de Hornos al mando de enormes veleros, expuestos a los más grandes peligros que sólo su pericia era capaz de prever y sortear.

El capitán Miethe cruzó nada menos que 42 veces esa ruta de naufragios a pura vela, sin que jamás perdiera un solo hombre, sin que jamás a su barco lo tocara el ventarrón de la mala suerte…y vivió para contarlo a sus hijos, nietos y amigos, en la soleada quinta quilpueína que se transformó en el último puerto de su prolongada existencia.

5.400 MTS 2 DE VELAMEN
Nacido el 28 de julio de 1877 en Lippe, un puerto pesquero del Mar del Norte, en Alemania, Robert sólo tenía ojos para el mar y a los 14 años dejó su hogar para embarcarse como marinero en pequeños buques que navegaban entre las costas europeas.

En 1900 dio el examen que lo habilitó como piloto de la marina mercante alemana y se incorporó a la prestigiosa compañía naviera Ferdinand Laeisz, de Hamburgo, propietaria de los famosos veleros «Flying P», que embarcaban carbón y maquinaria a puertos chilenos y regresan con salitre a tierras germanas.

Cinco años más tarde, con el grado de capitán de alta mar y cuando tenía sólo 28 años, la naviera le dio el mando del «Prompt», al cual le seguirían los veleros «Pampa», «Pitlochry», «Pamir» y «Potosí», todos con nombres que comenzaban en «P», como un gesto de amor del armador hacia su esposa.

El capitán Miethe se enamoró de todos sus veleros, en particular del último, el «Potosí», que con sus siete mil toneladas de carga y cinco mil 400 metros cuadrados de velamen, era sin duda un barco magnífico, uno de los más soberbios veleros de comienzos del siglo 20 a nivel mundial, después del «Preussen», de la misma compañía.

Una de las grandes satisfacciones de este lobo marino fue ganarle al gigante. Salió de Pisagua al mando del «Pitlochry», que iba cargado al máximo, nueve días después del «Preussen», y llegó cuatro días antes a Hamburgo, con singladuras de 17,2 nudos (andar promedio en 24 horas). Todo un récord que no hizo más que reafirmar su fama.

PERMANENCIA FORZOSA
Pero en 1914 el avezado marino alemán sufrió un gran contratiempo: quedó retenido en Valparaíso por el inicio de la Primera Guerra. Se había casado en 1905 con Margarethe Benrath, con quien tenía dos hijos, Roberto y Marga, quienes quedaron en Hamburgo y con los que pudo reunirse recién diez años más tarde, cuando ellos se mudaron a Chile.

A lo largo de su vida, el legendario capitán debió soportar dos grandes golpes vinculados con el «Potosí», que desde 1912 -luego del naufragio del «Preussen»- era uno de los veleros más grandes del mundo. Uno: en virtud de lo dispuesto en el Tratado de Versalles, tras el término de la Primera Guerra Mundial, tuvo que entregar su barco al gobierno de Francia. El otro: enterarse de que el «Potosí» se incendió frente a Rivadavia, sur de Argentina, y debió recibir en alta mar fuego de cañones para ser hundido y no convertirse en un peligro para la navegación, el 19 de octubre de 1925.

Hasta sus últimos días, no podía mirar la foto del hundimiento -reproducida en un libro- sin que se le llenaran los ojos de lágrimas, recuerda su nieto Hans Miethe, quien estudió en la Escuela Naval y es inspector de la gobernación marítima de Talcahuano.

EN VALPARAÍSO
Los Miethe Benrath se instalaron en el pasaje Higuera del cerro Alegre y sus niños terminaron los estudios en el colegio Alemán del mismo barrio. Años más tarde, Roberto se convirtió en contador auditor y se casó con Else Dienetahl, con quien tuvo a sus hijos Ursula, Hans y Alberto, que obviamente nacieron en el Hospital Alemán.

Tras quedar sin el «Potosí», el patriarca de esta historia revalidó su licencia de capitán en Chile -sacó nota 9,9 porque el 10 no se lo sacaba nadie- y estuvo al mando de diversos barcos de cabotaje en la ruta Valparaíso-Arica.

Pero también fue jefe de bahía de la Compañía de Muelles de la Población Vergara y perito naval de la Lloyd de Londres y de la empresa de Seguros Marítimos de Hamburgo, función en la que tuvo que peritar el naufragio del «Pamir», un velero que él mismo había comandado y que se había transformado en el buque escuela de la Armada de Alemania. Un huracán lo azotó en Las Azores y en el accidente murieron más de 80 guardiamarinas.

A todo esto, el capitán alemán también era chileno, ya que el 26 de enero de 1920 el Presidente Emilio Sanfuentes le concedió la nacionalidad por gracia en reconocimiento a los servicios prestados al país. Entre ellos: cobijó a numerosos porteños damnificados por el terremoto de 1906 a bordo del «Pampa», preparó en distintos viajes a 12 pilotines chilenos, reformuló las cartas naúticas para establecer con exactitud el emplazamiento de San Félix y San Ambrosio, corrigió las líneas de costa del Morro Copiapó, tradujo al castellano los reglamentos de la marina mercante alemana para su adaptación en Chile, salvó un remolcador de la Armada de un naufragio inminente durante un devastador temporal de los que se registraban antes, y así…

EN QUILPUÉ
Retirado en la década de los 40, compró una casaquinta frente a la ex base aeronaval de El Belloto, que todavía existe, adonde solía llegar a verlo la más variada gama de personalidades. Desde el fallecido escritor Francisco Coloane, que buscaba precisiones mientras escribía «El último grumete de la Baquedano», que antes había sido el velero «Priwall», hasta el pintor Alf Tutt, que antes de dar por terminado un cuadro de veleros lo sometía a la observación y eventuales correcciones del capitán Miethe.

En el nuevo barco que era la casaquinta, convidaba religiosamente a sus amigos y parientes a celebrar su cumpleaños con un típico cocimiento alemán llamado grünkohl, que empezaba a preparar con dos días de anticipación. Recuerda su nieto Hans: «Era una especie de causeo que llevaba repollo verde cosechado después de la primera helada, al cual había que botar el agua de la primera cocción; también papas y cuanta cecina y embutido hubiera en Setmacher», la mítica fiambrería alemana del barrio Puerto.

A pesar de esa verdadera bomba de colesterol, la salud lo acompañó hasta el final. De hecho, en 1971, cuando tenía 93 y era el más antiguo cap hornier del mundo, viajó solo a Europa y Estados Unidos invitado por National Geographic, con motivo de la creación de la hermandad en San Francisco.

Murió de un infarto mientras arreglaba un motor en su patio, a los 98 años. Hizo lo que quiso y trabajó en lo que más amó. Desde todas o casi todas las perspectivas en que se puede dimensionar ese estado, fue un hombre feliz. Sus hazañas naúticas aparecen en numerosos libros. Hoy reposa en el cuartel alemán del cementerio de Playa Ancha, donde llega a veces, furioso, el viento del mar.